Rebeldía
La semana pasada visité a mis familiares que viven en la zona sur a pocos kilómetros de Burica. Uno de mis tíos ha hecho toda su vida en el campo, viviendo de sus habilidades como carpintero, constructor y agricultor. Desconozco si terminó la primaria, pero es muy probable que no. Desde adolescente tiene su propia finca y se ha dedicado a mantenerla produciendo lo suficiente para poder alimentar a su familia. En este lugar nunca han faltado lo animales: chanchos, gallinas, codornices, patos, perros, vacas, caballos, ovejas, cabras, etc. Tampoco los cultivos: maíz, yuca, arroz, frijoles, naranjas, rambután, cocos, mangos, manzanas de agua, caña, pejibaye, etc. Siendo él carpintero y constructor, conoce de árboles maderables, de estructuras, técnicas y materiales. Su ingenio es basto. Crea sus propias maquinas para diferentes propósitos. Por ejemplo, para moler la caña y sacar su jugo, o para procesar pasto y hojas para el alimento de los animales. En su figura campesina se ocultan amplios conocimientos y formas de creatividad. Unos y otras construcciones inacabadas de su experiencia de vida.
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| Carreta de trabajo hecha por Pedro Pérez con hierro y madera |
Él me explicó las relaciones que hay entre las diferentes partes de la finca. Por ejemplo, él mismo siembra el alimento que le da a sus cabras, así no lo tiene que comprar. Del excremento de sus cabras saca el abono con el que alimenta parte de su plantación de palma aceitera. Prácticamente todo el alimento de los animales de la finca, que me animo a pensar que suman más de cien, proviene de la misma tierra, o sea, no es comprado. Y a la vez los animales generan alimento para mi tío y su familia. Las ovejas se comen el monte que crece entre las palmas y en los tallos de estas, así no es necesario gastar energía desyerbando o dinero en el uso de agroquímicos.
Lo que yo sentí mientras él me explicaba todas estas cosas fue la comunión. Podría decir que eso es una verdadera forma de comunión. Para él, las plantas y los animales no son un producto. Son seres que requieren cuidado, atención, que tienen ciclos, que sienten, se les debe hablar, se les debe respetar y entender. ¿Cuánto le ha costado a la humanidad entender estos principios básicos de vida, de buen vivir? Ante esta experiencia me pregunto: ¿Vivo en comunión con los seres que me rodean?
Mi tío no es solamente el dueño de una finca; es un ser dentro de un ecosistema que no busca la explotación del mismo, sino la armonía entre las partes. Y de esta forma los seres en su entorno también le retribuyen esa energía que él emplea. Una vida así no necesariamente es más sencilla que una vida en la ciudad, posiblemente sea todo lo contrario.
Quizás suene irónico, pero para mí es un ejemplo admirable de rebeldía, ante los sistemas sociales globalizados marcados por el consumismo, el entretenimiento, la ficción, la virtualidad, la violencia, la hiperaceleración y una cifra terrorífica de enfermedades causadas, entre otras cosas, por la pésima alimentación, el circo de las redes sociales, las presiones muchas veces insoportables del éxito y el progreso individual. Y ni que decir en la actualidad con la impronta del trabajo virtual o teletrabajo. Cada vez estamos menos en el lugar que estamos y nos conectamos menos con los seres que están a nuestro lado. La comunión se vuelve cada vez algo más intangible.
Y en ese sentido veo la vida de mi tío como un ejemplo de la más pacífica rebeldía.

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